Thursday, May 07, 2015

Hiato

Por: Eduardo Camarillo Abad


La lluvia lavaba la sangre de mis manos a la vez que caminaba, con la cabeza gacha, a través de las lúgubres y desiertas calles de aquella ciudad maldita. Volvía a mi casa guiado por los esporádicos charcos de luz que las farolas a ambos lados de la calle arrojaban sobre el pavimento, abriéndome paso entre la neblina y la soledad y sintiendo el sobre en mi bolsillo pesar tanto como la penitencia que desde ese momento cargaría por siempre.
No temía ser visto, ni tampoco ser descubierto: el cuerpo de mi padre yacería sobre su lecho en su habitación del hotel hasta que al día siguiente alguien se diera cuenta de que James Finto, el famoso físico inglés, no llegaba a su conferencia sobre los avances de la ciencia nuclear. Entonces sería cuando todos se movilizarían y, tarde o temprano, terminarían por entrar a su cuarto y descubrirlo allí, putrefacto y cubierto de sangre, recostado y mirando al techo con un par de ojos abiertos en los que todavía se leería el temor que lo había acogido en el instante antes de que una hoja de afeitar encontrara su camino hasta su garganta.
La contrición que cualquiera vaticinaría para el cometimiento de un acto de tal envergadura se negaba a alcanzarme, y, más que preocuparme, aquello me alegraba; era otra de las innumerables cosas que me hacían diferente a los demás, que me volvían la abominación que, desde mi concepción, todos habían dicho que yo era. Era el crimen la máxima constatación de mi desorden, de mi enfermedad, de mi incapacidad para encajar en aquella frívola sociedad; quizá antes me hubieran embargado el temor y la tristeza por el rechazo que siempre había experimentado, pero en ese momento me sentía lleno de vigor, de fuerza, de orgullo propio por mí y mi condición de paria.
Antes de mí, nunca había habido nadie como yo.
Desde mi infancia, aquella había sido la razón por la cual había aterrorizado tanto a la gente. Mi madre había muerto en 1937, en Italia, dando a luz a un hijo de cabello plateado, piel grisácea y un par de inquietantes ojos que, aún hoy en día, tenían la tendencia de cambiar de tonalidad de un segundo a otro, fluctuando entre distintos matices tan coloreados y tan brillantes como si su único propósito fuera llamar la atención. Nunca había podido entender por qué aquello había atemorizado a la gente, pues yo encontraba muy agradables los colores de mis ojos, pero todos parecían creer que eran, junto con el resto de mi apariencia, un mal augurio o un indicio de brujería, afirmando que yo no era normal y que debía ser aislado de la sociedad para que nunca dañara a nadie.
Por fortuna para mí, hubo un matrimonio sueco que no me encontró tan espeluznante y que decidió adoptarme en cuanto me hallaron en un orfanato italiano, donde había pasado diez años sin recibir el menor rastro de afecto. Ellos, con premura, quisieron ayudarme a escapar del oprobio y la reprobación social y ocultaron mis rasgos más inusuales, comprándome unas lentillas cafés y tiñéndome el cabello oscuro para que pudiera presentarme en sociedad sin problema alguno. Suena como una medida bastante radical para un niño, pero yo puedo dar fe de que en ese orfanato pasé los peores años de mi vida, sin amigos, sin cariño y sin expectativas para el futuro.
Quizá todo hubiera ido bien con ese matrimonio sueco si en algún momento la suerte hubiera estado de mi parte, pero no tardaría en descubrir que había muchas más cosas que me vería incapaz de comprender. Conforme fui creciendo, pronto quedó claro que mi apariencia física no era lo único extraño en mí, que había algo más, algo acechando en mis entrañas que poco a poco se abría paso hacia la superficie. Nunca nadie, ni siquiera yo mismo, supo explicarlo, pero muchos se contentaban con darle el desdeñoso y desinteresado nombre de “desorden mental”.
Sumido en mi ensimismamiento, alcancé mi casa al fin; la lluvia había amainado, y pude atisbar su fachada hexagonal formada, en su totalidad, por un cristal reluciente que reflejaba las oscuras nubes que cubrían el firmamento. Me apresuré a subir los peldaños hasta la puerta de entrada y me colé dentro tras haberle echado un rápido vistazo a la oxidada placa que marcaba a mi hogar como el número 4-D de aquella calle.
Una vez dentro, continuaba sintiéndome lleno de energía, inquieto, ávido por hacer algo y apaciguar mis ánimos. Haber asesinado a James Finto me había puesto frenético, no por el acto, no por el crimen, sino por la descarga de adrenalina que infunde tomar la vida en una contienda, así que, sin saber muy bien con qué podría calmarme, me dirigí a mi cuarto arrastrando los pies y agradeciendo estar finalmente en un lugar cerrado, pues el contacto con el medio ambiente, sobre todo con corrientes de aire y humedad, hacía que me debilitara y podía llegar al extremo de ponerme tan mal que tuviera que ser internado en el hospital, cosa que ya había sucedido unas veintidós veces.
Subiendo las escaleras hacia la segunda planta, donde estaba mi habitación, me adentré de nuevo en mi enajenación y recordé esos años en los que mi desorden mental comenzó a acentuarse. Antes de ello, mi familia sueca me había amado incondicionalmente; incluso, se había sentido especial por tener un hijo tan diferente como yo. La felicidad que sentían por tenerme era inconcebible, dado que, poco después de sus nupcias, el matrimonio había descubierto que no podría concebir hijo alguno, y, pese a que su primer intento por la paternidad había sido adoptar a un niño en Suecia, aquello sólo había entrañado otra desgracia más para ellos.
El niño que habían adoptado antes de mí se había llamado Johan Scheele; caucásico, risueño y lleno de pueril ingenuidad, había llamado la atención del matrimonio apenas entró este al orfanato, y ese mismo día habían salido con él buscando formar la familia que la naturaleza les había negado. Habían vivido unos tres años en armoniosa e imperturbable convivencia hasta que, una tarde de junio, Johan (ahora Johan Finto) había caído grave y repentinamente enfermo; presa de intensas cefaleas, fatiga, náuseas y una palidez que nadie habría creído posible dada su nívea piel, sus padres se habían apresurado a llevarlo al médico.
Este parecía estar ocupado y apenas se tomó un par de minutos para diagnosticar a Johan, concluyendo con un despreocupado dictamen que anunciaba una intoxicación despreciable para la cual recetó un sencillo jarabe. Los padres del niño, confiando ingenua y, como verían después, erróneamente en el médico, habían regresado a casa con el niño para dejarlo allí e ir ellos a la farmacia más cercana a comprar el jarabe recetado. Sin embargo, como ya contaban en casa con una minúscula cantidad de tal medicina, tras dejar al niño habían ordenado a la asistenta que le diera una cucharadita de la misma de inmediato.
Dada esta orden, el matrimonio había partido a la farmacia más cercana y no había vacilado en la compra del medicamento. En cuanto salieron del establecimiento se dirigieron a casa, y, aunque vieron cómo los bomberos pasaban a toda velocidad a su lado por las calles, apenas repararon en ello; era un junio especialmente caluroso, y varios incendios pequeños habían sido reportados ya en los terrenos baldíos que abundaban por la periferia de la ciudad, donde ellos vivían.
Tal fue su sorpresa cuando, doblando por una esquina para alcanzar su adoquinada calle, vieron que todos los bomberos se habían detenido frente a su casa. Llenos de miedo, se acercaron para descubrir que las llamas devoraban su hogar, el cual estaba envuelto por densas volutas de humo que ascendían al cielo como si se tratase de una enorme pira funeraria. Tardaron una hora en apagar el incendio, y, aunque hubo algunos valientes bomberos que se adentraron al hogar en miras de rescatar a quienes estaban atrapados en el fuego, no pudieron siquiera hallarlos. Buscaron por todas partes, aún cuando ya habían apagado el incendio, pero no pudieron encontrar nada y terminaron concluyendo que sus cuerpos habían sido calcinados y que sus cenizas se encontraban desperdigadas entre la montaña de escombros que las llamas habían dejado atrás.
Nadie supo nunca qué podría haber originado ese incendio, pero tampoco se hizo mucho por investigar al respecto. Dado aquél terrible evento y dada la aún más desgarradora certeza de saber que su hijo había muerto de aquella manera, su madre no había querido saber nada más al respecto y le había pedido a su esposo que se fueran lejos, muy lejos de allí, donde el recuerdo de su perdido hijo no fuera a atormentarlos hasta el fin de sus días. Fue así como su esposo pidió, en su trabajo, un traslado a Italia, y el matrimonio se instaló allí acarreando consigo la sombra de aquél niño de apenas unos siete años que había muerto, junto con la asistenta, a manos del brutal incendio.
Pasó mucho tiempo antes de que el matrimonio pudiera, si no olvidar, al menos superar aquél episodio, aunque la esposa nunca dejó de ser atormentada por macabras pesadillas donde el cuerpo de su hijo era lamido por feroces llamaradas que se movían con la agilidad de un reptil y que devoraban a su hijo con una insoportable lentitud, provocando que los agudos gritos de terror de Johan perforaran sus tímpanos y, eventualmente, la hicieran despertar bañada en sudor y lágrimas.
Tras dos años de vivir en Italia habían vuelto a decidir adoptar, más por hacer otro intento por superar la muerte de su hijo que por querer otro más. Así había sido como habían dado conmigo; nunca me lo dijeron, pero sé que me adoptaron por ser el niño más raro del orfanato, el más extraño y distante, el que les dolería menos perder en caso de que otra catástrofe sucediese. El caso es que me habían sacado de allí y, poco tiempo después de tenerme en casa, ya se habían encariñado mucho conmigo, quizá no precisamente por mí, sino porque tenerme con ellos era como si tuvieran de nuevo a su Johan, su hijo, alguien a quien cuidar y a quien proteger.
Saliendo de mis pensamientos, llegué a la segunda planta y torcí hacia mi habitación. La puerta estaba entornada, y a través de ella se filtraba un trémulo haz de luz que perforaba la penumbra que comúnmente envolvía aquella zona de la casa. Entré a mi cuarto colándome a través de aquella abertura y me arrojé sobre mi fría y mullida cama sin encender la luz, pues siempre procuraba que mi habitación estuviera a oscuras: mi casa era enteramente de cristal, y odiaba que la gente me viera a través de las ventanas que rodeaban mi alcoba, tanto que prefería quedarme en la más impenetrable oscuridad antes que tener que exponerme a aquella traicionera cosa llamada humanidad.
Me incorporé sobre las sábanas y recargué mi cabeza contra la cabecera, buscando amainar mi excitación, la corriente de energía que seguía presente en mi interior. Nunca me había sentido así, ni siquiera en mis peores momentos, cuando me habían tenido que sedar en los hospitales; esto era distinto, nuevo e increíblemente revitalizante. Más que apaciguarlo, ir a mi habitación parecía haber incrementado mi frenesí, haciéndome sentir invencible, capaz de realizar cualquier proeza y cualquier ardid; sentía mi pulso cardíaco desbocarse y provocar que mi corazón se azotara contra mi pecho con vehemencia.
Cerré mis ojos, ya sin saber si quería que aquella sensación se fuera nunca, y de pronto volví a ser consciente del peso del sobre en mi bolsillo. Queriendo despojarme de él cuanto antes, lo saqué y por un momento lo detuve entre mis dedos, los cuales temblaban por toda la energía que tenía acumulada dentro de mí.
Vacilé un momento, pues en realidad no quería hacerlo, pero terminé abriendo el sobre para releer sólo una vez más la carta antes de deshacerme de ella de una vez por todas. Acomodándome de manera que el rayo de luz impactara contra el papel, leí:

Tadzio Carlo Finto:

Sé que la recepción de esta carta te causará confusión, y, antes de continuar, quisiera disculparme por ello. No es mi intención asustarte.
Quisiera decirte muchas cosas, pero para ello necesitaría más tinta y más habilidad para escribir, cosas de las cuales, por desgracia, he carecido desde que tengo memoria. Lo único que puedo adelantarte, para atrapar tu interés y no causar que deseches esta carta por considerarla absurda, es que, pese a que tú no me conoces, yo sí te conozco a ti; te conozco mejor de lo que nadie podría conocerte, y sé cosas de ti que nadie más sabe en este mundo.
Me gustaría que pudiéramos vernos para que te hable de esas cosas, puesto que, pese a que no sé escribir con fluidez, sí sé conversar. Justamente me encontraré cerca de tu hogar el próximo lunes, dado que hay ciertos motivos de trabajo que exigen mi visita a la ciudad, así que tendré la audacia de proponer que nos veamos en mi habitación del Hotel Candil ese día a las cuatro de la tarde. Mi habitación es la 127.
Comprendo que este mensaje podrá continuar pareciéndote bastante críptico, y me disculpo por lo receloso que soy para darte más detalles sobre la razón por la cual considero que nuestro encuentro es de imperiosa necesidad. Espero verte el lunes; estaré esperándote en mi habitación. La puerta estará abierta.
Para terminar, te daré un dato más, confiando que, con ello, pueda hacer que decidas asistir y no temas que esta propuesta tenga otro propósito más siniestro.
Sé quiénes son tus padres.
Nos vemos el lunes.

Atentamente,
J. F.

Fúrico, terminé de leer la carta y la partí en mil pedazos, desgarrándola, escupiendo sobre ella y corriendo con las yemas de mis dedos la tinta de manera que las palabras se perdieran para siempre. Una vez terminé con ello, junté todos los trozos que habían quedado a un lado en la cama, los sostuve en un cuenco que formé con las palmas de mis manos y me acerqué a una ventana. La abrí como pude, sintiendo cómo el aire que entraba a través de ella me escocía la piel, y liberé los trozos de papel al viento, viendo cómo la noche se apresuraba a acarrearlos consigo hacia el olvido.
Cerré la ventana y me quedé de pie en medio de mi habitación, cerrando los ojos con furia, cerrando mis manos en puños y tirándome al suelo para hacerme un ovillo y comenzar a mecerme de un lado a otro. Odiaba al autor de esa carta, pero más odiaba aún que hubiera caído en su trampa; odiaba haber cedido a la curiosidad y haber visitado la habitación 127 hacía apenas unas horas.
No sabía cómo aquél señor había conseguido mi dirección, pero había dado conmigo y me había dejado esa carta hacía una semana. Cuando la leí por primera vez, pensé que aquello sería una broma, pero su aseveración sobre mis padres había podido conmigo y me había hecho dirigirme al Hotel Candil, algo que había sido un acto muy riesgoso, ya que aquello podría haber sido un embuste para robarme, secuestrarme, o cometer algún otro acto de naturaleza deleznable conmigo.
En posición fetal sobre el frío suelo, reconocí que lo que más odiaba no era lo que había pensado antes; no, lo que más odiaba era la historia que me había contado ese señor, ese J. F. cuyas iniciales luego había descubierto que escondían el nombre de James Finto, un hombre del que yo sólo había leído en periódicos y que me había llamado a su habitación para contarme sobre mi pasado y revelarme que él era mi padre.
En ese momento lo maldije en atropellados murmullos y le deseé una larga estadía en el averno al que sin duda lo había enviado esa tarde. Lo que había hecho y lo que me había contado era imperdonable, y no soportaba pensar en ello.
Un segundo después detuve mis esporádicos movimientos sobre el suelo y me dije que debía calmarme cuanto antes, pues, de lo contrario, sin duda montaría alguna de mis inquietantes escenas, y no sabía a dónde podría llevar eso en ese momento en el que estaba tan lleno de energía. Pensé en qué podría hacer para olvidar el recuerdo del físico inglés y lo supe apenas volteé a mi izquierda.
Me puse de pie y me acerqué a los cuatro telescopios que estaban colocados a lo largo de uno de los lados del hexágono que formaba el perímetro de mi casa. Desde que había sido muy pequeño había encontrado un inexplicable placer en la astronomía, cosa que había entusiasmado mucho a mis padres, ya que habían pensado que un niño con tantos problemas y tantas cosas mal, como todos me describían, no podía ser uno que amara observar las estrellas por las noches. Esa esperanza duró poco, ya que pronto comencé a ponerme peor, pero prefería no pensar en ello, así que me dirigí al telescopio más cercano y me agache sobre él para poder observar el firmamento.
Apenas si pude observar algunos destellos en la lejanía antes de verme sumido, de nuevo, en mis cavilaciones, incapaz de escapar de ellas, como si quisiesen ver cuánto podía resistir antes de quebrarme por completo.
Recordé, pues, esos años cuando había comenzado a empeorar sin remedio. Antes de eso mis padres me habían defendido, habían afirmado que yo era un niño como cualquier otro y que mis diferencias, lejos de ser algo por lo cual preocuparse, eran totalmente normales. Seguramente el recuerdo de Johan seguía latente en ellos, y no me repudiaban como el resto de la gente debido a que hacerlo sería como repudiar a su primer hijo.
Pero no pudieron contener el desprecio por mucho tiempo; incluso, he llegado a pensar que ya lo tenían desde antes, y que el hecho de que mi estado mental comenzara a empeorar había hecho que la barrera que habían puesto para contener su repudio se viniera abajo irremediablemente. El caso es que, cuando tenía unos siete años, comencé a autolesionarme.
No sé por qué lo hacía, ni exactamente cuándo comenzó; de pronto, un día desperté para encontrar mi cama cubierta de sangre. Quise ocultarlo, pero mis padres entraron a mi habitación antes de que siquiera pudiera intentarlo, encontrándome revuelto entre las sábanas con una gran cantidad de profundas heridas cubriéndome el cuerpo.
Por supuesto que en un inicio no habían pensado que yo me había hecho eso, pero los médicos les dijeron que todas las hendiduras en mi piel sólo podrían haber sido hechas con algún tipo de objeto punzocortante. Mis padres habían pensado que alguien había entrado a la casa, así que incrementaron su seguridad hasta un nivel casi ridículo pensando que aquello no volvería a suceder.
Pero sucedió de nuevo, y más de una vez, y, eventualmente, mis padres terminaron por aceptar la teoría que muchas otras personas enteradas de mi caso tenían, por más que yo alegara, una y otra vez, que no era yo quien abría mi piel. La impotencia que sentí cuando me di cuenta de que no me creían fue inconcebible, y a partir de ese momento se abrió una infranqueable brecha entre nosotros.
Tras los regaños, los gritos y las lágrimas, mis padres me llevaron con diferentes psicólogos y psiquiatras, de manera que pudieran descubrir qué era lo que tenía mal y arreglarlo para que no fuera a dañarme más a mí ni comenzara a dañar a otras personas. Todos quienes me veían me aplicaban distintos análisis para tratar de dar con mi desorden, pero todos terminaban por concluir que mi caso era algo que nunca antes habían visto. Algunos auguraban que tenía una extraña mezcolanza de trastornos de personalidad, pero se daban por vencidos cuando comenzaban a inspeccionarme y descubrían que tenía alrededor de 4 o 7 distintos desórdenes de ese tipo.
Sin embargo, algo que he de decir es que ninguno de los psiquiatras o los psicólogos con los que fui parecía apreciarme mucho; todos parecían odiar tenerme como su paciente y trataban de hacer el menor contacto posible conmigo, como si los hiciera sentir incómodos, inestables, inquietos. Tras años de asistir a terapias, un psiquiatra tuvo la valentía, o el descaro, según se vea, de admitir lo anterior, diciéndome que sentía una especie de “mala vibra” emanar de mí, haciendo alarde de su título con aquél comentario tan técnico. Me dijo que algo en mi interior ahuyentaba a las personas, y que tenía que descubrir qué era.
Yo ya intuía, desde antes, que había algo que apartaba a todos de mí, pero oírlo de aquél psiquiatra me afectó bastante. Antes había querido pensar que se trataba sólo de una impresión mía, que quizá habría alguna explicación, pero no soportaba pensar que aquello fuera culpa mía. ¿Qué era lo que yo hacía mal?, me preguntaba frecuentemente entonces. No hacía nada; en cuanto notaba que las personas comenzaban a tratarme con desprecio o desconfianza, me apagaba por completo, agachaba la mirada y trataba de no molestar, confiando en que aquello los haría acercarse nuevamente a mí. ¿Qué era, entonces, aquello que el psiquiatra decía que los ahuyentaba a todos, si con los años me había vuelto tan introvertido, a causa del rechazo social, que prácticamente no interactuaba con nadie?
Lo peor, sin embargo, no fue sólo eso, ni la exorbitante cantidad de fármacos y demás terapias que los innumerables profesionistas me recetaban y me obligaban a tomar al día, tanto que mi desayuno parecía consistir más en pastillas que en verdadera comida. No, lo peor fue que no encontré manera de controlarlo; yo nunca fui consciente de haberme hecho esas heridas, pero tampoco había explicación alguna para su súbita aparición en mi cuerpo, y poco a poco fui aceptando la única idea lógica que había: que en verdad era yo el causante de aquello.
Quizá no lo parezca tanto, pero saberse incapaz de controlarse y, más aún, incapaz de recordar qué es lo que uno mismo ha hecho, es terrible. Comencé a desconfiar de mí mismo, atándome a la cama en las noches, dejando que mis padres me llevaran a distintas terapias de choques y comprando un diario para escribir en él todo aquello que hacía para que no fuera a olvidarlo.
Nada sirvió; siguieron pasando cosas extrañas a mi alrededor, mi condición mental continuó empeorando, y, lo que es peor, no tenía a nadie que quisiera ayudarme. En cuanto cumplí la mayoría de edad mis padres se despojaron de mí, comprándome la casa en la que ahora vivo y prometiéndome que me depositarían una cantidad mensual en el banco para que pudiera trabajar, sugiriendo, con ello, que nunca podría encontrar empleo alguno.
Y nunca pude hacerlo: no pude ni entrar a la universidad ni encontrar trabajo, porque nadie quería aceptarme, porque un desequilibrado mental no es algo que nadie quiera cerca. Además, tampoco tenía muchas ganas de hacer nada que requiriese una interacción social; estaba harto de su rechazo, pero también estaba harto de mí mismo, de no poder controlarme, de no poder ser dueño de mí mismo, de hacer cosas sin saber por qué las hacía, de no poder controlar mis emociones, de no tener nadie que me ayudara y de no poder ayudarme a mí mismo. Estaba impotente, perdido, sin ningún tipo de cariño y sin ningún tipo de futuro, desconfiando de mí mismo como el adicto que se sabe incapaz de detener su vicio.
Desde ese momento decidí que ya nada importaba; me despojé de las lentillas que siempre había utilizado y dejé de pintarme el pelo, diciéndome que, al menos en la medida que lo pudiera, de ese momento en adelante yo iba a decidir todo lo referente a mí. Comencé a sobrevivir del dinero que me daban mis padres sin vivir en realidad.
Nunca comprendí qué me había sucedido ni por qué, ni qué razón podría tener. Ya he dicho que hubo quienes me compararon con alguna maligna encarnación, llegando hasta el extremo de decir que mi llegada al mundo había sido ya vaticinada en el pasado, que la existencia de un ser maligno como yo había sido anunciada desde el inicio de los tiempos y que mi existencia implicaba que el juicio final estaba cerca. Con comentarios como aquél, era inevitable que me preguntara qué clase de monstruo era en realidad como para levantar tanto repudio y temor en las personas.
Sin nadie que me comprendiera, vivía sólo cuando algo al mismo tiempo extraordinario y terrible sucedió: comenzaron a nacer más niños como yo. Lo supe cuando, en una de mis veintidós estadías en el hospital, un médico entró a mi habitación y me dijo que habían reportado otro caso de un niño como yo en una ciudad cercana. Nunca supe exactamente qué involucraba ese “otro caso”; ¿sería un niño con ojos de colores y cabello plateado, o solamente un chico que todos parecían odiar y que parecía tener, además de trastornos irrefrenables de personalidad, una innata incapacidad para interactuar con los demás?
El punto es que poco a poco comenzaron a surgir nuevos casos de niños que se parecían a mí, y eso, en un inicio, me dio un poco de esperanza. En mis solitarias noches dentro de mi hexagonal morada ya había contemplado, más de una vez, la posibilidad de terminar con todo de una vez por todas. Sería fácil; sólo bastaba con que una noche dejara mis ventanas abiertas y esperara a que, mientras dormía, las violentas corrientes de aire que entraban a esas alturas hicieran todo el trabajo por mí.
Lo único que me detuvo de hacer lo anterior fue, por tanto, saber que había más personas como yo, pues creía que su surgimiento en la sociedad conllevaría a que mi caso fuera comprendido y que, al remover la ignorancia, también se removiera el temor. Así que esperé, paciente, a que el tiempo hiciera su trabajo, pero me encontré con que me había precipitado a ilusionarme.
Esos niños, a diferencia de mí, hallaron un camino. La gente no los odiaba, no les temía, no los consideraba abominaciones o cosas que no deberían de existir, cosas que en la faz de la tierra no se podía, ni se debía, encontrar. Todos ellos vivieron en acogedores hogares rodeados de amor y crecieron para convertirse, principalmente, en médicos o biólogos, sin ningún tipo de cohibición, sin ningún impedimento, siendo felices y aceptados ahí a donde fueran.
Pero eso tampoco fue lo peor; era insoportable comparar mi vida con la de ellos y no poder descubrir qué era lo que me había hecho tan miserable, pero era peor ver que todos esos niños recibían la admiración de la gente. ¿Por qué los idolatraban a ellos y a mí no? ¿Por qué mi tez no podía ser rodeada también de laureles, por qué la ignominia, por qué el infundado odio? ¿Acaso esos niños no eran también pueriles anticristos, engendros de llegada vaticinada, personajes dignos de ser eliminados de este mundo? ¿Por qué la gente soportaba estar cerca de ellos y no de mí?
Aquello terminó de sumirme en una vorágine de depresión y desprecio de la que nunca salí y a la que nadie entró. Me encerré en mi casa y simplifiqué mi existencia a dos cosas: a pensar en suicidarme y a buscar cosas con las cuales entretenerme para no pensar en suicidarme. Lo primero pasaba más que lo segundo, y aunque sentía una voraz ansia por terminarlo todo, algo en mí, una débil traza de lo que otrora hubiese sido una flagrante llama, me mantenía vivo y confiando en el futuro, así que comencé a buscar muchas cosas con las cuales distraerme: películas, videojuegos, libros, dispositivos electrónicos, maquetas, pintura, plantas; pasé por todo en algún momento de mi vida, por cuantas cosas se puedan imaginar, hartándome y despojándome eventualmente de todas ellas.
Sólo hubo un par de objetos que nunca deseché, y que, aún entonces, continuaba guardando como si fuesen un secreto. Separándome del telescopio en el que había comenzado a observar las lejanas estrellas, di media vuelta y los encontré sobre mi cabecera, en su precaria y premeditada posición, arrojando brillos allí donde la luz nocturna jugaba con sus superficies.
Eran dos esferas muy sencillas, lisas e inertes, una dorada y otra plateada. Mi sol y mi luna, les había llamado desde que las había encontrado, sintiéndome atraído tanto a una como a la otra de una forma tan particular que me veía incapaz de describirla. Era como si las amara a las dos, como si me fuera imposible eludir su encanto, su hechizo, el impulso que sentía hacia ellas, a veces hacia una y a veces hacia la otra. Nunca había podido entenderlo, pero me reconfortaba tenerlas cerca, y muchas veces sólo habían sido ellas quienes habían sido capaces de retenerme antes de que terminara con mi fútil vida.
Me acerqué lentamente a ellas, mesurando mis pasos, escuchándolos resonar en la noche. Oro y aluminio; de eso estaban hechas aquél par de esferas que tanto me fascinaban y que me atraían con demasía. Viéndolas, me encontré recordando algo que hace poco había sucedido, la última vez que había sido internado en el hospital.
Me había salido de control y había despertado cubierto de heridas, llagas y feos moretones de una inquietante tonalidad verdusca. Cosas como esa ya habían pasado antes sin que nadie se diera cuenta, y era tan común que sucediesen que, cuando me despertaba para encontrarme con algo así, limpiaba mis sábanas, me bañaba y pretendía que nada había sucedido.
Esa vez, sin embargo, desperté ya sobre una camilla camino al hospital. Al parecer, algún transeúnte había estado caminando por mi calle y, escandalizado, había visto, al alzar la mirada hacia la enigmática y cuasi embrujada casa hexagonal, que el cristal de la segunda planta estaba lleno de siniestras manchas de sangre oscura que iban del suelo al techo y que rodeaban todo el perímetro de la casa.
En ese momento había llamado a la policía y fue así como una ambulancia pronto llegó por mí para internarme. Yo casi no pude creer la historia que me contaron los médicos, hasta que uno de ellos me mostró las fotos y pude ver mi sangre manchando los vidrios. ¿Qué había sucedido? Nunca me había pasado algo así, y, aunque tras tantas veces de haber sucedido, ya no me espantaba el hecho de autolesionarme sin ser consciente de ello, en esa ocasión sí sentí un genuino temor al imaginarme a mí, fuera de control, hiriéndome y azotándome contra los cristales de mi habitación en medio de un diabólico frenesí.
No sé cómo no me mandaron al manicomio entonces; ya en el pasado había escapado de él en numerosas ocasiones y más por buenaventura que por otra cosa, pero un acto como el que había hecho ameritaba tal encierro. Aunque nunca me lo dijeron, creo que fue gracias a mis padres que nunca fui metido junto con los locos, y, aunque en un inicio esto parece un acto de buena fue nacido de un amor paternal incondicional, estoy seguro de que fue por una razón muy distinta a que en verdad se hayan preocupado por mí. Pese a que ya no vivía con ellos, seguía escuchando de mis padres en sus cartas, y luego, en el periódico, cuando me enteré de que mi padre quería lanzarse para alcalde de la ciudad, cargo que consiguió poco después de haberme mandado a mi exilio en mi casa hexagonal. A partir de entonces estuvo siempre involucrado en la política del país, y tener a un hijo loco e inestable encerrado en un manicomio hubiera causado un importante detrimento a su imagen que él sin duda alguna había querido evitar.
El caso es que, esa vez que manché mis ventanas con sangre, un doctor me mandó llamar una vez que me dieron el alta, diciéndome que tenía “algunas cosas serias” que contarme antes de que me fuera de allí. Fue así como, sentado en su sobria oficina, me dijo que me tenía una noticia buena y otra mala.
La buena resultó ser que ya había alrededor de 97 o 99 casos reportados de niños como yo, lo cual indicaba que había más probabilidades de que pudieran al fin descubrir qué era lo que nos hacía tan diferentes, comparando los resultados de los análisis que nos hicieran para descubrir algún patrón común. Indiferente, le pedí la noticia mala y fue entonces cuando él me dijo que, mirando en algunos archivos muy antiguos, habían descubierto evidencia de casos semejantes al mío en el pasado.
Me dijo, después, que todas esas personas habían existido hacía mucho y que todas habían muerto por causas terribles, haciendo poco alarde de su tacto y refiriéndome las grotescas escenas que habían conducido a esas personas al eterno descanso. Según él, sin embargo, no debía preocuparme aún, dado que podía ser que esas personas tuviesen algo distinto a lo que tenía yo y harían falta más estudios y un análisis más a detalle de sus casos para ver si guardaban una verdadera relación conmigo, pero que había tenido que decírmelo para que estuviera consciente del “delicado” panorama con el que estábamos tratando. No pregunté qué sucedería si esos archivos sí resultaran ser de personas como yo, y él tampoco lo explicó, pero los dos sabíamos la respuesta a aquella pregunta.
Desde entonces no había vuelto al hospital y me había quedado en casa, esperando el momento en que alguna de aquellas terribles cosas que me había contado el médico me sucediera a mí y escribiendo más que nunca en mi diario, sólo que ya no escribía cosas que habían sucedido, sino cosas que quería que sucedieran. Ya estaba harto de registrar mis pasos con tanta minuciosidad, harto de buscar alguna manera de comprenderme a mí mismo; si ya había intentado hacerlo estudiando mi pasado, decidí que lo haría estudiando mi futuro.
De tal manera que mi diario comenzó a llenarse de reflexiones, ideas, visiones e ilusiones que escapaban de mí hacia las páginas como los suspiros que noche a noche me robaban la vida; imaginaba un mundo nuevo, distinto, donde pudiera encontrarme y crearme, donde mi existencia no tuviera por qué estar confinada a aquella casa, al claustro, al rechazo social y a la incomprensión. Imaginaba un lugar donde pudiera controlarme y donde, más que pensar, pudiera actuar; un mundo donde la gente no se preocupara tanto por prolongar la vida sino por acortar la muerte, donde pudiera ser y no estar, donde las páginas cobrasen vida y me transportasen a aquél gran misterio que nadie puede nombrar pero que reside en el corazón de todos los humanos y en cuyo hallazgo se orientan todas las vidas y todos los actos.
Despegué la mirada de las esferas sobre mi cabecera y me senté al extremo de mi cama, observando la noche desplegarse frente a mí en silencio, siempre ecuánime, siempre infinita, reprochando mi pusilanimidad con cada estrella que tintineaba a lo lejos. Seguía lleno de esa desbordante energía que había tenido desde mi visita al Candil, pero parecía que estaba comenzando a calmarme.
Al menos, eso creía.
Por un momento, todo estuvo bien.
Un instante después, sin embargo, una intensa corriente de aire sacudió la noche, azotándose contra las ventanas y haciéndolas vibrar como si quisiera colarse dentro y terminar con mi vida. Sobresaltado, me puse rápidamente en pie y me quedé un segundo allí donde estaba, estático, mirando desorientado de un lado a otro. Fue entonces cuando ahí fuera, de la oscuridad, surgieron un conjunto de manchas blancas que en un inicio catalogué como mariposas, acarreadas por el viento hasta mi ventana.
Las mariposas no tardaron en chocar contra el cristal, impactando con brusquedad y formando un extraño patrón, acomodadas por pares y en curiosos escalones a lo largo de las ventanas. Había poco más de cuarenta de ellas, por lo que pude contar, y, confundido ante su presencia, me acerqué un poco más al perímetro de mi habitación para poder verlas mejor.
No eran mariposas. Eran los trozos de la carta que había roto y que había arrojado al viento hacía apenas unos momentos.
No; no podía ser cierto. ¿Cómo era que habían regresado hasta mí? Mirándolos detenidamente, me di cuenta de algo más: la tinta en los trozos no estaba corrida. La caligrafía grabada sobre el papel era clara y legible, tal y como la había encontrado el día que había abierto mi buzón para encontrarme con la epístola.
Con el pulso desbocado y mi boca abierta para soltar repetidos jadeos de desesperación, solté un grito y comencé a recorrer todos los cristales que rodeaban mi cuarto, analizando trozo por trozo, tratando de encontrar, sin éxito, alguna evidencia que me dijera que aquella no era la carta que había roto, que era otra, que había alguna explicación para todo aquél sinsentido, pues era ridículo pensar que el viento me hubiera llevado esos pedazos de papel a mí, que los hubiera acarreado consigo hasta hacerlos chocar contra mi ventana y ahí los mantuviera todavía, soplando fuerte, asegurándose de que los viera y enloqueciera al hacerlo.
Llegué al último trozo de papel y vi que tenía la firma de James Finto, resaltando contra la blancura del papel como una sentencia de muerte.
Ver su nombre y saber que aquellas palabras que cubrían los cristales las había escrito él me rompió por dentro, y no pude hacer más que comenzar a soltar alaridos y adentrarme, sin remedio, en el recuerdo de lo que había acontecido aquella misma tarde, obviando la realidad, sin saber si el sonido de cosas rompiéndose venía de mis recuerdos o de mi alrededor, llevando la mezcla de la realidad y la psique a un paroxismo que mi desbordante energía sólo logró acentuar.
Había llegado al Hotel Candil a la hora establecida, tocando un par de veces a la habitación 127 antes de ser invitado a pasar. Una vez dentro había conocido al señor James Finto, el famoso físico inglés que nos había honrado a los humildes habitantes de esa ciudad con su visita. Tras pasar las formalidades propias del comienzo de un encuentro, el físico había inhalado hondo y, juntando las manos sobre su regazo, me había observado con una mirada tan vacía como inquietante y me había contado la historia de mi pasado.
Mi madre se había llamado Ida Klaproth, una guapa mujer italiana que, estando estudiando química, había, en 1937, viajado a Berkley a un congreso científico. Estando ahí, el entonces joven James Finto había sido también estudiante, y apenas vio a Ida quedó obsesionado con ella. A lo largo del congreso, que duró una semana, trató constantemente de captar su atención, pero ella lo ignoró por completo, aún cuando él olvidaba la sutileza y le refería sus claras intenciones sin reparos.
Este rechazo, para el orgulloso e inteligente físico, representó una gran humillación que, si algo, consiguió que su obsesión por conseguirse a Ida se convirtiera en un reto, en la única manera en que podría confirmar que él estaba verdaderamente por encima de todos y que debía ser su voluntad, y no la de los demás, la que debiese ser acatada. El físico había estado lleno de una insufrible presunción nacida de su enorme capacidad mental, y, sabiéndose inteligente, creía en verdad que él tenía el derecho de tener a cualquier mujer que quisiese.
Así que, el último día del congreso, el físico se las ingenió para entrar en la habitación de Ida bien entrada la noche. Ella dormía, y él, indiferente a nada más que al hecho de confirmar su superioridad y escapar de la humillación, entró a su cama, la sometió y profanó su cuerpo con alevosía y deleite, atándola a la cama y metiendo un pañuelo en su boca, disfrutando el momento en que ella se despertó y, llena de temor, lo vio sobre ella y adivinó en sus desquiciados ojos su deleznable propósito. En ese momento fue cuando él supo que había cumplido su objetivo: vengarse, hacerle ver que ella no podía rechazarlo, que él era James Finto, la próxima gran mente del mundo, y que, si no había querido ceder por las buenas, él tomaría su premio de todas formas.
Sin embargo, eso no fue lo único que disfrutó; se aseguró de postergar aquella tortura todo lo posible, sujetándola con firmeza contra la cama, deleitándose en la manera en que sus desesperados gritos se ahogaban contra el pañuelo, en cómo su frágil y níveo cuerpo se agitaba bajo el suyo, en cómo las lágrimas de sus ojos humedecían las sábanas junto con el sudor que emanaba de ambos cuerpos. Ella gemía y sollozaba, y su sufrimiento parecía excitarlo más que el acto sexual mismo.
En cuanto terminó, sacó otro pañuelo más y, tras haberlo humedecido con cloroformo, cubrió el rostro de su víctima hasta que esta se relajó y quedó inconsciente. Fue entonces cuando la desató, le sacó el otro pañuelo de la boca y salió de aquella habitación con tanta tranquilidad como si sólo hubiera entrado a tomar una taza de té. Esa misma noche partió de Berkeley y volvió a Londres como un general que regresa victorioso de la guerra.
Ida nunca pudo superar aquél suceso. Buscó ayuda e incluso intentó encontrar a su violador para hacerlo pagar por lo que le había hecho, pero, habiendo estado en la más absoluta oscuridad, ni siquiera recordaba su rostro. Unas cuantas semanas después, sin embargo, su desesperación alcanzó su cúspide cuando descubrió que aquél hombre que había abusado de ella le había dejado algo más que el trauma y la sensación de impotencia.
Estaba embarazada.
De vuelta en Italia, siete meses después y gravemente enferma a causa del violento embarazo que la había acogido, Ida perdió la vida dando luz a cinco hijos, dos de los cuales murieron apenas unas horas después de haber llegado al mundo. Antes de morir, sin embargo, Ida Klaproth, quizá sabiendo que no sobreviviría al parto, había dado los nombres que quería que sus hijos tuvieran, dando sólo tres, pues creyó que sería esa la cantidad de hijos que tendría.
Tras su muerte, mis hermanos y yo nos habíamos quedado unos días en el hospital antes de ser enviados cada uno a distintos orfanatos del país, ya que Ida vivía sola y no tenía ningún pariente vivo que se hiciese cargo de nosotros. Así había llegado yo al orfanatorio donde el matrimonio sueco me había adoptado; mis otros hermanos, según James, habían sido adoptados también, pero se habían quedado en Europa y habían muerto en la Segunda Guerra Mundial; por fortuna, poco después de adoptarme mi padre recibió una oferta de trabajo en México, cuya toma aseguró nuestra supervivencia al librarnos de la masacre de tal conflicto bélico.
James se había enterado de todo esto a lo largo de los años, ya que, poco después, según me había dicho, se había encontrado con un corazón contrito ante el acto que había cometido y había querido enmendar la situación. Había comenzado por buscar a Ida, y un hallazgo había llevado al otro, hasta que finalmente había dado conmigo y me había mandado la misiva.
Según él, había querido contarme todo aquello porque era la única manera en que sentía que encontraría el perdón que tanto anhelaba, la única manera en que podría desembarazar a su corazón de la carga que había llevado consigo desde hacía mucho tiempo. Me dijo que se sentía verdaderamente arrepentido, que lo sentía mucho, que le dolía en el alma el sufrimiento que nos había causado a mí y a mi madre.
Yo había ido a la habitación del hotel esperando escuchar cualquier cosa menos lo que me había dicho. Desde que había entrado había comenzado a sentirme inestable, pero al terminar la conversación fue que estuve lleno de energía, frenético, furioso, apretando los dientes y respirando trabajosamente con el rostro enrojecido por la ira. Apenas había terminado aquél imbécil de contarme su historia, me había puesto de pie pidiéndole un momento para ir al baño, había entrado y había tomado una hoja de afeitar oculta tras un espejo. Asiéndola con tanta fuerza que las venas resaltaban a través de mi piel, había regresado a la habitación y, sin mediar más palabra con mi desgraciado padre, me había arrojado sobre él y lo había derribado sobre el colchón de su cama, estando él temeroso, jadeante, observándome con unos ojos impotentes que eran el reflejo de los que habría tenido mi madre la noche en que él la había violado.
Escupiendo sobre su rostro, había soltado un alarido y había descargado mi puño contra su garganta, abriéndola de un limpio tajo que provocó que se atragantara con su propia sangre y muriera bajo mi cuerpo mirando al techo. En ese momento, sintiendo que había vengado a mi madre y que había hecho algo con mi vida, sintiéndome incluso orgulloso por haber despojado al mundo de aquél hombre, pues era él, y no yo, el verdadero engendro, había salido del hotel y había regresado a mi casa.
¡Y ahora ahí estaban, frente a mí, adheridos a mi ventana, los trozos de la carta que aquél maldito hombre me había enviado, aquél patético, egocéntrico y miserable inglés lleno de una inconcebible fatuidad que hacía arder mis entrañas! ¿Eso era la ciencia? ¿Para eso servía tener el intelecto necesario para comprender la física cuántica y el cosmos, para crear hombres que se sintiesen superiores a los demás y que actuaran siguiendo sus más carnales impulsos creyendo que todo les era superfluo porque lo único valioso era el conocimiento exacto de las cosas? ¿De qué servía tanta inteligencia si no la guiaba un corazón humano y sincero?
Había ido al Hotel Candil buscando encontrar, aunque fuera, un atisbo de respuesta para la gran interrogante en la que se habían basado toda mi vida y todo mi errar por la existencia, pero había salido de aquella habitación más perdido que nunca, más seguro de que toda mi vida había sido una farsa, de que mi concepción no había entrañado ningún gran misterio que explicara mis extrañas características y que me pudiera apartar de cualquier culpa; no, mi origen había sido tan miserable como el resto de mi existencia, y no podía entender cómo era posible que toda una vida pudiese ser vivida bajo el yugo de una perpetua desgracia. Era impensable, imposible e insoportable; para mí la vida requería amor, y, habiendo descubierto que la mía nunca lo había tenido, había al fin constatado que era, verdaderamente, la abominación que tantas personas me habían llamado.
Incapaz de soportar tanto mis pensamientos como la idea de estar viendo los fragmentos de la carta de aquél hombre, sumido en un irrefrenable frenesí en el que me azotaba contra las ventanas intentando que los trozos de papel cayeran al suelo o fueran acarreados a otros parajes por el férreo viento, de pronto di media vuelta y me acerqué a la cómoda al lado de mi cama, alcanzándola y abriendo el cajón de hasta abajo para producir, de él, un pequeño libro encuadernado en piel.
Gritando como un condenado a muerte, así mi diario y lo abrí de un tirón con la intención de buscar los registros de aquél día y asegurarme de que no había enloquecido, de que había roto esa carta, de que había corrido la tinta a lo largo de todo el papel y que era, por tanto, imposible que las palabras estuvieran claras y legibles en los trozos pegados a la ventana. Tenía que asegurarme de que no había perdido el juicio para siempre, de que yo era la consecuencia y no la causa, de que la inexorable desesperanza que comenzaba a crecer en mi interior no podía ser cierta.
Me quedé boquiabierto y atónito al descubrir que dentro de mi diario no había ni una sola página escrita; todas las hojas estaban blancas y vacías, sin el menor rastro de tinta, pidiendo a gritos que alguien las llenara con palabras que salieran de su misma ánima hacia el papel.
No, me repetí una infinidad de veces, pasando página por página, primero con cuidado, luego con desesperación, con tanta brusquedad que arranqué varias de ellas. ¿Dónde estaban todas mis anotaciones? ¿Dónde habían quedado mis registros, mis recuerdos, mis visiones del futuro? Aquél diario había sido lo único que me definía, la única llave para descubrirme y descifrarme, la expiación y el descanso que tanto anhelaba, y ahora estaba perdido. ¿Qué había pasado? ¿Dónde había quedado todo, dónde había quedado yo, dónde podría ahora buscar encontrarme o crearme, dónde alcanzaría los sueños que me había robado la vida?
Fuera de mí, rompí el diario, hoja por hoja, y, encontrando un extraño placer en las muchas pequeñas heridas que los bordes del papel hicieron en mis manos, arrojé los trozos por toda la habitación. Mi energía estaba en su pináculo, así como mi rabia, y había perdido todo el control sobre mí. No, me equivoco; más que haberlo perdido, lo había cedido. Me había finalmente dado por vencido, me había entregado a la sombra que me había acompañado por siempre y había decidido que había llegado el momento que con tanta ingenuidad había postergado; supe, entonces, que toda mi vida me había conducido a ese preciso momento, al asesinato, al crimen, al conocimiento de mi identidad como producto de una violación; desde mi concepción había sido una carga, algo que no debería haber sucedido. Era, por tanto, lógico que lo hubiera continuado siendo por el resto de mi vida.
Con lágrimas humedeciendo mis enrojecidos ojos, me acerqué a la cabecera de mi cama y tomé las dos pesadas esferas que tanto me agradaban. Sin sentir ya la menor atracción a ninguna de ellas, las arrojé al frente, hacia las ventanas, buscado que los fragmentos de la carta desaparecieran de mi vista para siempre.
El cristal se hizo añicos con un estruendo y cayó al suelo como en cámara lenta, cada pedazo de mi ventana reflejando los rayos de luz lunar que dominaban la noche. Sin embargo, los trozos de carta no se fueron junto con el cristal, sino que, faltos de una superficie a la cual adherirse, se reunieron con el viento y entraron a mi habitación con la furia de un tornado, arremolinándose, una vez dentro, alrededor de mí y formando un asfixiante remolino de papel y viento al que se unieron los trozos de mi diario y el cual comenzó a cerrarse en torno a mí con una inquietante celeridad.
Desesperado, traté de salir de ahí, de escapar, pero me fue imposible; la cantidad de energía almacenada dentro de mí era tanta que había tomado plena posesión de mí y me veía incapaz de ordenarle a mi cuerpo qué hacer. El gélido viento nocturno que giraba a mi alrededor me laceraba la piel y me la ponía al rojo vivo, y cada trozo de papel abría más y más cortes a lo largo de mis brazos, mi pecho, mi cabeza y mis piernas, como si quisiera adornar mi piel con más cicatrices de las que todos aquellos años de autolesionarme me habían dejado.
No sabía si el que rugía con tanta ansia era yo o el viento, pero aquella vorágine de movimiento y dolor era insoportable. Sabiendo que mi sueño de clausura había llegado, sintiendo la sangre correr por mi cuerpo como un mar de fuego, cerré los ojos y me dejé mezclar con aquél remolino, dejé que me envolviera por completo, que me tomara y me llevara consigo, pues cualquier lugar sería mejor que en el que estaba en aquél momento; sintiendo los trozos de papel atacarme con la ferocidad de una bandada y escuchando la algarabía a mi alrededor, esperé el final.
Los asfixiantes segundos que prosiguieron parecieron tomar una eternidad, pero, en el instante antes de que al fin me sintiera abandonar mi carcasa de sangre y carne, encontré al fin el descanso que tanto había buscado. Noté perfectamente cómo todo mi ser se abría por completo, cómo me dividía en tantos fragmentos como el cristal que había roto y me unía a la noche, al silencio y a la eternidad, cediendo al opresor poder del viento y desintegrándome en tantas partes que nadie nunca encontraría ni un solo rastro de mí en cuanto despuntara el alba. Fue una sensación indescriptible y gratificante la de pasar a formar parte de algo prístino, puro, la de por fin tener un propósito en la vida, por más que este fuera tan sencillo y absurdo como convertirme en otra estrella más que salpicara el firmamento.
La salida a la que llegué no fue más que otra entrada, como cualquier hiato en la vida, pero, esta vez, una radiante mujer envuelta en fausto me acompañó dentro con una traviesa sonrisa en sus labios.


Explicación de las ideas presentadas en el cuento y su relación con un elemento químico

El elemento químico sobre el que basé mi cuento es el tecnecio, de número atómico 43. No utilicé este número de forma explícita en el cuento porque quise mantener a lo largo de todo el texto la interrogante de a cuál elemento me estaría refiriendo; sin embargo, sí hice alusión a este número cuando, en la página 12, menciono que las “mariposas” adheridas al cristal del cuarto de Tadzio son “poco más de cuarenta”. También, ahí digo que se unen en pares y que se acomodan en escalones a lo largo de las ventanas, con lo que hago alusión a la representación de la configuración electrónica del tecnecio, con las “mariposas” siendo los electrones.
El nombre de mi personaje sólo lo menciono en la carta que recibe de su padre. El nombre de Tadzio Carlo Finto tiene la siguiente explicación; los descubridores del Tecnecio fueron Carlo Perrier y Emilio Segrè, así que el nombre Carlo lo tomé del primero. Tadzio lo elegí dado que era un nombre italiano que comenzaba con t, ya que mi personaje nació en Italia y quería que tuviera un nombre de dicha nación que comenzara con esa letra. Finalmente, tecnecio viene del griego “technikos”, que significa artificial; por tanto, busqué una palabra en italiano que tuviera tal significado. Encontré dos: artificiale, que era una referencia muy obvia, y finto, que encontré adecuada para el personaje.
La historia de la concepción de Tadzio tiene la siguiente explicación: el tecnecio es un elemento artificial, puesto que no se encuentra de manera natural en la Tierra, y se forma mediante la descomposición de uranio en reactores nucleares. La madre de Tadzio representa este átomo de uranio, y el padre, un neutrón, una partícula beta o algún agente que pueda ser capaz de provocar la fisión del uranio. Por esto es que la concepción de Tadzio y sus hermanos es tan violenta; la violación representa el agresivo ataque contra el uranio para su descomposición. La madre de Tadzio dio a luz a quintillizos puesto que estos cinco representan los “productos” de la reacción nuclear, y murió dando a luz puesto que, al dividirse, el uranio técnicamente deja de existir. El padre, James, desapareció por la misma explicación de la reacción nuclear.
Cabe recalcar que el nombre del padre, James Finto, se debe a que, como pensé en él como un neutrón, le puse el nombre de James Chadwick, a quien comúnmente se le atribuye el descubrimiento de esta partícula. Es inglés porque el mismo James Chadwick era inglés, y trabajaba en la ciencia nuclear, tema sobre el cual James Finto iba a dar su conferencia. El nombre de la madre, Ida Klaproth, se debe a que el tecnecio había sido erróneamente reportado como descubierto antes, por un grupo de científicos entre los que estaba Ida Tacke. El apellido Klaproth lo tomé de Martin H. Klaproth, descubridor del Uranio, átomo al que personifica Ida.
James violó a Ida en Berkley ya que Perrier y Segrè descubrieron al tecnecio en una muestra de molibdeno que había sido bombardeada con deutrones en el ciclotrón de Berkley. Sin embargo, Ida da a luz en Italia porque tanto Segrè como Perrier eran italianos y descubrieron en ese país al elemento; Tadzio nace en 1937, evidentemente, porque ese fue el año en que se descubrió al elemento.
La casa de Tadzio es hexagonal y de cristal porque la estructura cristalina del tecnecio es hexagonal compacta. Es la número 4d porque el elemento forma parte de la segunda serie de transición, en la que el orbital 4d se está llenando.
Otra cosa importante es el primero hijo de los padres de Tadzio. El tecnecio ya había sido “predicho” antes, por Mendeleev, y había sido llamado eka-manganeso, es decir, el que viene después del manganeso. Por esto, decidí que los padres ya hubieran adoptado a un niño que representara a tal elemento, para que Tadzio fuera el que viniera después de él. Se llama Johan dado que fue Johan Gottlieb el descubridor del manganeso, y Scheele porque fue Carl W. Scheele quien luego se supo que había descubierto, sin darse cuenta, a tal elemento. Johan, pues, tiene otra simbología en la historia: muere cuando la asistenta le da jarabe para curar su enfermedad; aquí estoy poniendo a Johan como permanganato de potasio, que es un compuesto del magnesio que da anemia. Esta enfermedad era la que en verdad tenía Johan, pero que el doctor no diagnosticó bien por su incompetencia. Ahora bien, un excipiente de los jarabes es el glicerol, y la reacción entre este y el permanganato de potasio es altamente exotérmica, y es por eso que escribí lo del incendio, el cual, pese a que nadie lo supo, fue causado por el mero hecho de que Johan tomara su medicina.
Los ojos de Tadzio, que él describe que cambian de color rápidamente y forman tonalidades muy coloreadas, representan la facilidad para formar complejos que tienen los metales de transición; estos complejos son coloreados y de tonalidades muy vívidas. Su cabello plateado representa el color del elemento, así como su piel grisácea. Le sientan mal la humedad y las corrientes de viento dado que el tecnecio arde en presencia de oxígeno y pierde su brillo en presencia de aire húmedo.
Tadzio ha estado 22 veces en el hospital dado que se han descubierto 22 isótopos del tecnecio. Se encontraron entre 97 y 99 niños con casos semejantes al suyo dado que los isótopos del tecnecio de larga vida, los más estables, son los 97, 98 y 99. Los desórdenes de personalidad que le han diagnosticado fluctúan entre 4 y 7 ya que entre estos números se encuentran sus estados de oxidación más comunes. Otra cosa importante es que a Tadzio le gusta la astronomía y mirar las estrellas dado que el tecnecio ha sido hallado en los espectros de estrellas lejanas; también a esto se debe el final de la historia, donde menciona que pasará a formar parte de las estrellas.
El encuentro entre James y Tadzio se da en el Hotel Candil ya que el tecnecio se forma en los reactores nucleares, y en México hay uno en Laguna Verde. Entré a Expedia y busqué hoteles allí, y encontré el Hotel Candil. El número de la habitación, 127, coincide con el número que aparece en la dirección del hotel en Veracruz.
 Tadzio se ha sentido atraído siempre hacia la esfera de aluminio o la esfera de oro dado que los compuestos de metales de transición pueden ser paramagnéticos o diamagnéticos dependiendo de la presencia o no de electrones desapareados en el suborbital d; el oro, pues, es diamagnético, y el aluminio, paramagnético. El hecho de que Tadzio se haya rodeado de muchas cosas a lo largo de los años (libros, videojuegos, plantas, etc.) representa también la afinidad del tecnecio por formar complejos, “rodeándose” de cosas para luego rodearse de algo más.
Tadzio se “llena de energía” y se queda “inquieto” tras su encuentro con su padre debido a que este último representa un agente capaz de causar alguna disrupción energética. Tadzio, pues, siendo un elemento radioactivo, al entrar en contacto con su parte se convierte en su isótopo Tc-99m, el cual tiene una corta vida media, razón por la cual Tadzio muere poco después. La muerte de James a manos de Tadzio tiene un propósito más literario, aunque también, dependiendo del agente que eligiéramos para ser representado por James, podría tener alguna implicación química.
Cuando en el cuento menciono que se encontró “evidencia histórica” de la existencia de personas como Tadzio en el pasado, hago referencia a que se cree que hace mucho tiempo pudo haber existido tecnecio en la tierra, pero debido a su radioactividad, todo ese tecnecio que existía ya se ha descompuesto (esta descomposición se puede trasladar también a las “grotescas escenas” en las que morían las personas sobre las que el doctor le habló a Tadzio).
También, menciono que después del nacimiento de Tadzio comenzaron a nacer otras personas como él. Esto se debe a que, tras descubrir al tecnecio, este comenzó a ser sintetizado y formado para distintos propósitos, tanto de análisis como de aplicación en pruebas médicas radioactivas debido a que se enlaza químicamente a muchas moléculas biológicamente activas. Por lo anterior es que digo que esas personas que vinieron después de Tadzio se convirtieron en biólogos y médicos principalmente, y también es por ello que digo que ellos sí encontraron un camino, dado que la existencia de ellos sí tenía un propósito, un fin específico, desde un inicio.
Esto me lleva a la parte más importante de mi explicación. El tecnecio es un átomo radioactivo, y tiene una toxicidad en humanos incomprendida; es por esto, pues, que lógicamente nadie querría entrar en contacto con él a menos de que fuera con un propósito fijo. El rechazo y la incomprensión que Tadzio experimentó se deben a ello, a que los humanos no quieren acercarse a un elemento tan radioactivo, y por ello todos se sienten incómodos cerca de él y experimentan “una mala vibra” emanar de Tadzio. Además, dado que el tecnecio es artificial, es por ello que menciono que todos lo consideran como una abominación o como algo que no debería existir, algo que nunca antes habían visto, algo que no entienden y que por tanto temen. A los que vinieron después de él ya los quisieron porque ya los comprendían, pero a él, siendo el primero, todos le temían y nadie quería acercársele. Cuando menciono que “la existencia de Tadzio ya había sido vaticinada”, me refiero a lo que ya he mencionado antes, que Mendeleev había predicho su existencia, aunque le doy un carácter distinto, tachando a Tadzio como una especie de anticristo.
El hecho de que Tadzio haya comenzado a autolesionarse lo consideré como una repercusión de su radioactividad sobre él mismo, sobre su carácter humano. Pese a que no lo menciono en la historia, en realidad Tadzio nunca fue quien se autolesionaba; los efectos de su radioactividad, unidos a la “inestabilidad” propia de un metal de transición, que cambia de estados de oxidación y está en un constante llenado de orbitales, era lo que causaba todas las cosas raras en él y lo que provocó que tuviera que ser internado en el hospital cuando las cosas se salían de control; también, es esta inestabilidad por la cual le atribuí desórdenes de personalidad, puesto que “cambia de configuración”, y menciono que su condición empeoró con el tiempo dado que, ya desde un punto de vista literario, creo que Tadzio comenzó a volverse más y más loco conforme iba viendo que no había manera de explicar sus lesiones; comenzó a desconfiar de sí mismo, y, no encontrando ayuda ni apoyo, no pudo hacer más que enloquecer.
Todo lo demás que no he mencionado lo escribí con una intención puramente literaria, Habrá algunas cosas que describo sobre Tadzio o sobre otros personajes que no aparecen acá, y fueron características o ideas en torno a ellos que nacieron de la investigación que me llevó a imaginar la aplicación de todos los datos que encontré, misma de la cual partí para crear a mis personajes. Tadzio, como hombre incomprendido dado que nunca antes había habido alguien como él, se convirtió, pues, en una persona introvertida, huraña, deprimida y llena de rencores por sentirse incomprendido, por no poder explicar sus cambios de personalidad ni las heridas y moretones que aparecían constantemente en su cuerpo. La mujer que lo recibe al morir, cabe añadir, es su madre, que lo espera buscando darle todo el amor que nunca pudo conseguir por el rechazo que todos sentían hacia él.
Para finalizar, aunque quizá sea evidente, he de mencionar que el hecho de que Tadzio se desintegre al morir hace alusión a que, como isótopo radioactivo de corta vida, el Tc-99m se está desintegrando.










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